
“Para luego, es tarde”: las enseñanzas de mami
Por Andrea Sagastuy, hija
Cuando pienso en mi mamá, no puedo hacerlo sin recordar su alegría, su risa fácil y esa manera tan suya de hacer sentir bien a quienes estaban cerca. Para nosotros, doña Mayra Herrera V., viuda de Sagastuy, siempre fue, sencillamente, mami.
Nació un 29 de abril de 1936, cuando los tranvías eléctricos todavía recorrían las calles de San José, en un barrio muy cerca de la Clínica Bíblica. Fue hija de Claudio y Alicia, y creció junto a sus tres hermanos menores en un hogar lleno de cariño. Solía recordar su infancia como una época muy feliz. Después de terminar sus deberes escolares, salía a patinar, andar en bicicleta y jugar jackses con sus hermanos y amigos. Así era ella desde niña: alegre, activa y siempre rodeada de gente.
A sus 20 años, un apuesto joven español, oriundo de Barcelona, se convirtió en el amor de su vida. Un año después se casaron y, a partir de ese momento, decidió dedicarse por completo a su familia. De ese amor nacimos sus seis hijos: Arturo, Javier, Mauricio, Leonardo, Claudia y yo, Andrea. Nos cuidó con una paciencia enorme y con una entrega que nunca necesitó anunciarse, porque estaba presente en cada detalle de nuestra vida.
Mami era generosa de una manera muy natural. Siempre encontraba tiempo para escuchar, acompañar o ayudar. Tenía la capacidad de hacer sentir bienvenidas a las personas y disfrutaba profundamente compartir. Le gustaban las reuniones familiares, las celebraciones y cualquier ocasión que le permitiera estar cerca de quienes quería… y, si había música, mejor.
“Ita”, como le decían de cariño sus nietos, amaba cantar, en especial si se trataba de su canción favorita, “Si nos dejan”. Lo hacía con entusiasmo, con sentimiento y con todo el corazón. De hecho, una de sus mayores alegrías era reunirse alrededor de una guitarra y entonar canciones junto a la familia o los amigos. Es difícil pensar en ella sin que aparezca una melodía, una reunión o alguna de esas carcajadas suyas que llenaban el lugar.
La elegancia también era lo suyo. Le gustaba arreglarse, verse bonita y cuidar cada detalle de su apariencia. Fue vanidosa en el mejor sentido de la palabra, y esa coquetería formaba parte de su encanto. Uno de los recuerdos más especiales de su juventud fue su participación en el Miss Costa Rica de aquellos años dorados. Esa experiencia le permitió ganarse el cariño de muchos costarricenses y siempre ocupó un lugar especial en su historia.
Un consejo de mami que aplico hasta el día de hoy es ser feliz. Decía que la vida es corta y que, aunque está llena de retos, hay que aprender a disfrutarla.
Ella tuvo que enfrentar uno de los dolores más grandes que puede vivir una madre: la muerte de un hijo, Mauricio. Aun así, insistía en que no podemos cambiar las condiciones que Dios pone en nuestro camino; lo que sí podemos hacer es ajustar las velas y seguir adelante. Ella lo hizo con una fortaleza que se convirtió en ejemplo para todos nosotros.
Una expresión muy característica de mami era: “Para luego, es tarde”. Para ella no había “peros” cuando se trataba de hacer las cosas: mientras antes, mejor. Era su manera de recordarnos que no debemos posponer la vida ni dejar la felicidad para después.
Pero, más allá de cualquier reconocimiento, lo que mejor define a mami fue la forma en que amó a su familia. Nos enseñó el valor de permanecer unidos, de ser generosos y de cuidar unos de otros. Su ejemplo quedó en nosotros, en sus hijos, en toda la familia y en cada persona que tuvo la dicha de conocerla.
Hoy la extrañamos en los momentos grandes, pero también en los pequeños: en una conversación, en una reunión familiar, en una risa inesperada o al escuchar una canción que nos la devuelve por un instante.
Mami nos dejó muchos recuerdos, pero, sobre todo, nos dejó su manera de querer. Y esa alegría suya, tan genuina y luminosa, seguirá acompañándonos siempre.
Porque mientras haya una canción que nos reúna, una carcajada que nos recuerde la suya y una familia que permanezca unida, mami seguirá entre nosotros.
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