Un memorial

Fernán Vargas Rohrmoser

1933 — 2026 San José

Fernán Vargas Rohrmoser: El señorío de una vida

Hay personas cuya partida no se limita a dejar una silla vacía. Con ellas desaparece también una manera de estar en el mundo: una forma de conversar, de escuchar, de ejercer la autoridad sin estridencias y de conferir dignidad, con su sola presencia, a los lugares que habitaron.

Por Emilia Mora, periodista y directora de Aura Memorial

La partida de don Fernán Vargas Rohrmoser enluta a su familia y a quienes tuvieron el privilegio de conocerlo, pero alcanza también a una Costa Rica que reconoce en él a uno de sus personajes memorables: abogado y notario de extensa trayectoria, diplomático, empresario, hombre vinculado durante más de seis décadas al devenir de La Nación, socio distinguido del Club Unión y ciudadano presente en algunas de las instituciones y discusiones más importantes de su tiempo.

Su vida recorrió buena parte de la historia contemporánea del país. Lo hizo desde posiciones de responsabilidad, allí donde las decisiones exigen carácter, prudencia y sentido de las consecuencias. En una época cada vez más inclinada al ruido y a la exhibición, don Fernán perteneció a una estirpe distinta: la de quienes entendían que la verdadera autoridad no necesita proclamarse y que el respeto se conquista en la conducta diaria.

Su formación tuvo desde temprano una dimensión internacional. Obtuvo su licenciatura en Derecho en la Universidad de Madrid en 1958 y, posteriormente, completó sus estudios jurídicos en la Universidad de Costa Rica, donde se graduó en 1961. Aquellos años no fueron únicamente una etapa académica: representaron el comienzo de una vida abierta al mundo y, al mismo tiempo, profundamente arraigada en su país.

Muy joven ingresó al servicio diplomático costarricense. En 1958 fue encargado de Negocios de la Embajada de Costa Rica en Madrid; entre 1958 y 1959 se desempeñó como ministro en la Embajada en París, y de 1959 a 1962 ejerció como embajador de Costa Rica en Taiwán. Eran responsabilidades excepcionales para un hombre de su edad y una señal temprana de la confianza que inspiraban su criterio, su aplomo y su capacidad para representar dignamente a Costa Rica.

La diplomacia parecía corresponder de manera natural a su temperamento. En ella se encontraban cualidades que lo acompañarían siempre: el dominio de la palabra, la mesura, la inteligencia para comprender a los demás y esa cortesía que, lejos de ser un simple refinamiento social, constituía en él una forma de respeto. Hablaba español, inglés y francés, pero su lenguaje más perdurable fue otro: el de la presencia serena, el trato atento y la palabra cumplida.

Tras su regreso a Costa Rica desarrolló una extensa carrera en el derecho corporativo y comercial. Durante más de cuatro décadas, de 1964 a 2006, formó parte del bufete Vargas, Jiménez & Peralta. A partir de 2006 continuó su ejercicio profesional en LEXCOUNSEL. Su trayectoria jurídica estuvo marcada por la experiencia, la discreción y una comprensión profunda de las instituciones. Fue abogado en el sentido más completo del oficio: no solo conocedor de las normas, sino también de las responsabilidades humanas que acompañan cada decisión.

Fue un hombre de convicciones firmes y modales impecables. Un caballero en la acepción más profunda de la palabra: no como fórmula social ni como vestigio de otros tiempos, sino como expresión de una disciplina moral. Había en su trato una cortesía que no era superficial, sino reconocimiento del otro; una elegancia que procedía menos de las formas que de la consideración; una sobriedad capaz de imponerse sin humillar y de discrepar sin perder la compostura.

En el Club Unión, del que fue socio distinguido, encontró un espacio natural para esa forma de entender la vida: la conversación pausada, la amistad cultivada, el respeto por las tradiciones y el gusto por una convivencia marcada por la cortesía. Su presencia allí no fue únicamente la de un miembro destacado, sino la de un hombre que encarnaba, con naturalidad, los valores de señorío, lealtad y trato afable que han dado identidad a esa institución.

Su nombre quedó ligado de manera especial a La Nación, empresa a la que se incorporó como directivo en 1963 y en la que asumió, a lo largo de los años, las más altas responsabilidades. Esa prolongada vinculación no puede medirse únicamente en cargos ni en calendarios. Habla de continuidad, compromiso y sentido institucional. No por casualidad la redacción integrada del periódico lleva su nombre: pocas imágenes podrían representar mejor una vida unida al oficio de informar y al espacio donde una sociedad se observa, se interroga y discute consigo misma.

También ocupó un lugar relevante en la defensa de la libertad de expresión. Como representante legal del diario en el caso Herrera Ulloa, su nombre pasó a formar parte de una controversia que trascendió las fronteras costarricenses y llegó hasta el sistema interamericano de derechos humanos. Aquel proceso contribuyó a establecer precedentes fundamentales para el ejercicio del periodismo en el continente. Fue una responsabilidad histórica asumida en un terreno donde los principios dejan de ser declaraciones abstractas y deben sostenerse frente a consecuencias concretas.

A lo largo de su vida, don Fernán transitó por la diplomacia, el derecho, la empresa y el mundo de la comunicación. Lo hizo sin quedar reducido a ninguno de esos ámbitos. Su verdadera estatura surgía de la suma: una cultura amplia, una mirada internacional, un conocimiento profundo del país y una manera personal de ejercer el liderazgo sin confundir firmeza con arrogancia ni autoridad con protagonismo.

Pero ninguna semblanza pública logra contener enteramente a una persona. Detrás del embajador, el abogado, el directivo y el hombre de empresa permanecen el familiar, el amigo, el consejero y el ser querido cuya ausencia se hará sentir en los gestos más sencillos. Allí, en la memoria privada de quienes compartieron su vida, se encuentra acaso su retrato más verdadero: en una conversación que no volverá a repetirse, en una enseñanza que seguirá acompañándolos, en el recuerdo de su voz y en esas pequeñas costumbres mediante las cuales una persona continúa habitando la vida de los demás.

Costa Rica despide a un hombre que perteneció intensamente a su tiempo y que, al mismo tiempo, encarnó valores que parecen venir de una época anterior: la palabra empeñada, la lealtad, la mesura, la cortesía y el deber cumplido. Su legado no reside únicamente en las instituciones a las que sirvió, sino en la forma en que lo hizo.

Porque, al final, una vida no se juzga solamente por cuanto alcanzó, sino por la huella humana que dejó a su paso. Y don Fernán Vargas Rohrmoser deja la huella serena, profunda e inconfundible de un verdadero caballero.

Descanse en paz.

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