
El legado de un hombre bueno
Franklin Ramírez Gutiérrez, a quien cariñosamente nuestra madre le decía "Negro" y sus hijos, nietos y bisnietos lo llamábamos "Pito", nació en San José el 22 de octubre de 1945.
Por Alexander Ramírez, hijo
Su infancia transcurrió como la de un niño más en una familia de clase media en Barrio Los Ángeles, San José.
Comentaba que uno de sus recuerdos más importantes de sus primeros años de infancia era cuando su madre, Benigna Gutiérrez, lo acostaba con un chupón con leche y él observaba, a través de una ventana que daba al patio, ver las nubes pasar.
"También recuerdo los programas de radio City, por las mañanas, cuando nos estábamos alistando para asistir a la escuela, Lalito, Cuquita y su mama, creo que así se llamaba, y por las tardes/noches, las historias de Doña Chona y Tranquilino", dejó escrito en un documento que entregó a su familia en 2015.
"En mi casa no faltaba nada, por ejemplo, en las épocas de Semana Santa abundaban comidas de la época, como latería, y otros abarrotes. Para la Navidad, se compartía con algunos vecinos cercanos algunas de las comidas de la época".
Aseguraba que su vida escolar le traía gratos recuerdos, a pesar "de las fajeadas que me daban, no tanto por portarme mal, sino por escaparme de la escuela y llegar con el uniforme todo sucio y empapado". Esto, porque se iba a meter a una poza cercana, en compañía de sus amiguitos.
De joven, aprendió de su padre, Jorge Ramírez, el oficio de ebanistería. A don Jorge le ayudaba a hacer muebles para vender, debido a dificultades económicas que atravesaba familia.
Especialmente en su vida fueron sus padres y hermanos, su esposa, Blanca Flor Solano Gómez, quien de Dios goce, sus hijos, nietos, bisnietos y algunos compañeros de trabajo.
Siendo un hombre adulto y con una enorme responsabilidad sobre sus hombros, aprendió la carrera de Informática y Ciencias de la Computación, con especial énfasis en Análisis de Sistemas.
Esto le abrió puertas en empresas como Lacsa, donde tuvo una carrera con significativos resultados, y, posteriormente en el Banco Popular, donde tuvo una carrera marcada por éxitos, como la creación de SIPO (Sistema de Préstamos del Banco Popular y de Desarrollo Comunal). Este fue un logro culminante en su carrera, que le llenaba de orgullo.
Como su responsabilidad era tan grande, una esposa y siete hijos que alimentar y vestir, en varios diciembres hacía piezas artesanales, como tableros, para vender y poder financiar los gastos de la familia completa, e incluso los de otros parientes.
Los valores de don Franklin siempre fueron el trabajo responsable y honesto, un profundo sentido de la responsabilidad y un indiscutible amor por su familia y seres queridos. Era de esas personas capaces de quitarse el bocado que comía para dárselo a un hijo.
Amaba salir de compras, principalmente a supermercados, para compartir comida con su familia o allegados que pasaban alguna necesidad.
A sus hijos sus principales enseñanzas fueron las de trabajar de forma honesta y responsable, amarse y apoyarse entre ellos y tener misericordia.
"Para todo tengo una canción", decía frecuentemente con una sonrisa en su rostro que inspiraba confianza y esperanza. Papá algo se traía entre manos, pensábamos.
Muchas veces comentaba que prefería recordar a las personas tales como fueron en vida y no verlas en un ataúd para no guardar la imagen de ellas ya fallecidas.
Mis hermanos --Gerardo, Sandra, Ana, Isabel, Alexánder, David y Susana, sus nietos y bisnietos-- queremos recordarlo así: en vida, trabajando, frente a una computadora, trabajando la madera, cocinando, manteniendo discusiones sanas, de compras o conversando sobre el sentido de la vida.
Pero sobre todo dándonos apoyo cuando buscábamos su abrazo, consuelo y mirada acogedora y comprensiva ante las adversidades.
Familia Ramírez Solano
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