
El legado de un hombre de diálogo y una vida sencilla
El abogado laboralista y exviceministro de Trabajo y Seguridad Social falleció el 8 de agosto. Durante más de 35 años sirvió al país, pero su legado también permanece en la familia, las conversaciones y los pequeños placeres que llenaron su vida.
Hablar de Eugenio Solano Calderón es recordar a un hombre que hizo del diálogo una forma de ejercer su profesión y también de relacionarse con los demás.
Nació cuando Costa Rica comenzaba a consolidar las garantías sociales, el Código de Trabajo y las instituciones que colocaron la protección de las personas trabajadoras entre los pilares del Estado. Décadas después, dedicaría su carrera a defender esos principios.
Durante más de 35 años estuvo vinculado al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Fue director de Asuntos Laborales y, posteriormente, viceministro del Área Laboral. Desde esas responsabilidades participó en numerosos acercamientos entre trabajadores, empleadores, instituciones públicas y organizaciones sindicales.
Su trayectoria transcurrió en medio de crisis económicas, ajustes estructurales y discusiones nacionales sobre salarios, pensiones, empleo público y negociación colectiva. En 1995 siguió de cerca la prolongada huelga del magisterio contra la reforma al régimen de pensiones. Años después intervino en conflictos municipales y acompañó procesos de negociación colectiva.
Su conocimiento de la legislación, su experiencia y su capacidad para escuchar ayudaron a resolver diferencias y preservar la paz laboral. Incluso después de dejar la función pública, continuó participando en debates sobre empleo, jornadas laborales y derechos de las personas trabajadoras.
Sin embargo, su historia no se resume en los cargos que ocupó.
Era esposo de María Elena Villalobos, padre de Daniel, Fabián y Montserrat, y abuelo de Alba, Nico y Antonio, sus adorados nietos. Para ellos fue una fuente constante de consejos y, sobre todo, un ejemplo de solidaridad, humildad, honestidad, servicio y perseverancia.
Amaba la vida en sus formas más sencillas: la naturaleza, los animales, los árboles, una tarde tranquila y una buena conversación. Soñaba con tener una finca con gallinas y vacas, ordeñar con sus propias manos, cultivar una huerta y recoger aquello que había visto crecer. Tal vez por eso cuidaba con tanto cariño las plantas de su casa.
Fue un lector apasionado y un hombre profundamente curioso. Le gustaba escribir y conversar sobre historia, política, fútbol, religión y solidarismo. Siempre tenía una opinión, pero también estaba dispuesto a escuchar, cuestionar y buscar acuerdos. El conocimiento nunca fue para él algo que debía guardarse: lo transformaba en consejos y enseñanzas.
También sabía disfrutar y hacer disfrutar. Le encantaban las bromas, los chistes y conversar con cualquier persona. A veces tomaba su carro para ir al centro de Tres Ríos simplemente “a darse una vuelta”, ver gente, comprar lotería y regresar con galletas y Coca-Cola, porque en su casa siempre debía haber algo para ofrecer a las visitas.
Disfrutaba una taza de café, los atardeceres, la Feria del Agricultor, la pasta, el mango, la piña y los postres. Podía maravillarse ante un pájaro, un caballo o un árbol cargado de frutas. En sus fotografías casi nunca faltaba su enorme y contagiosa sonrisa.
Esa esencia permaneció incluso durante su enfermedad. En las sesiones de quimioterapia conversaba con otros pacientes, hacía amigos y encontraba fuerzas para regalarles una broma o una sonrisa, aun cuando su propio cuerpo estaba cansado.
Costa Rica despide a un experimentado laboralista y servidor público. Su familia despide al esposo, padre y abuelo que encontraba felicidad en lo cotidiano. Ambos conservan el legado de un hombre que nunca dejó de dialogar, servir, aprender y pensar en los demás.
Descanse en paz, don Eugenio Solano Calderón.
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